La muerte nos llegará a todos

Como la recibimos depende de cada uno.

Unos de los miles de motivos por los cuales no estuve escribiendo en este blog últimamente es que mi abuelo tuvo que ser internado, y luego vino a vivir con nosotros. Como su familia (no la única, pero la que más tiempo disponible en casa tiene) es nuestro deber cuidarlo hasta que se reponga. O no. Y de acuerdo con la médica que vino hoy mismo, está perfilando para el no.

Pero si la cuestión fuese tan sencilla, me limitaría a dejar caer una lágrima y hablar de cómo preferiría que no muriese. Y no me malentiendan, aún así lo hago. No le deseo la muerte a nadie, menos a mi familia. Pero el abuelo nos lo hace difícil.

Siempre fue la clase de persona que añora su juventud y los tiempos de antes. Su convencimiento de que un Ford Falcon es mejor que nuestro Renault Mégane sólo por ser más resistente siempre nos inspiró risa. Pero ahora no tiene ese discurso de melancolía. Tiene uno más depresivo, y hasta tuvo la audacia de decirselo a su hermano mayor. Uno que me pone nervioso de solo recordarlo. Él dice que no quiere existir más. Dice que quiere morir.

¿Cómo lo voy a ayudar si lo que quiere es morir? ¿Ayudarlo a vivir mejor no se convierte acaso en un perjuicio? No, no puede serlo. Debe estar confundido, solamente deprimido. ¿No? Si de algo estoy seguro, es que no puedo ayudarlo a morir. Bajo ningún concepto.

En ese entonces, lo mejor debe ser cuidarlo. Ofrecerle el mejor tiempo que pueda pasar. Y eso intento…pero él aún así no quiere. Y se nota. Uno no puede cometer el más mínimo error, porque en cuanto uno lo hace, mi abuelo comienza a vociferar e insultar. Incluso si uno simplemente no le entiende, lo cual sucede seguido. Mi abuelo balbucea mucho, sobre todo si no tiene sus dientes puestos.

¿Y ahora cómo lo ayudo? No quiero ayudarlo a morir, ¡pero no quiero ayudarlo a vivir! ¡Si lo intento, me grita! Pero aún así lo tengo que hacer, mi familia necesita que los ayude a cuidarlo. Pero él no quiere, y nos grita, y…y…¡grrrrr!

Y así me encuentro. Perdido. Incluso si solo ofrezco jugar al burako o la escoba de quince con él, es capaz de meramente rechazarlo, o gritarme a mí o a alguien más mientras jugamos. Y aunque quisiese no puedo no hacer nada, porque mis padres necesitan que los ayude, y no puedo dejarlo morir así como así.

¿Y qué se supone que haga? Más que lo que ya estoy haciendo no puedo hacer. Y es frustrante en muchos niveles. Yo lo comprendo, no puede ni ir al baño solo, por supuesto que no es divertido, es molesto. Pero no puedo ayudarlo en estas condiciones.

Mi abuelo tiene 84 años. Es mi último abuelo. Y yo lo quiero.

A un extraño, con mil(es) grullas

Un homenaje.

El viernes 8 de junio de 2012 fue un día normal. Salvo que Eriko Tsai murió. Un estudiante de 5º 1ª, turno mañana, del Colegio Nacional de Buenos Aires. No era famoso, ni notable para el vulgo en ningún aspecto. Era un chico, con amigos y familia, y una vida. El viernes 8 de junio de 2012 a la tarde, a los 17 años de edad, perdió esa última.

Leer más “A un extraño, con mil(es) grullas”